
Vol 1 No. 1 Año 2026
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INTRODUCCIÓN
El gusano barrenador del ganado, causado por la
infestación de larvas de la mosca Cochliomyia
hominivorax, constituye uno de los problemas
zoosanitarios más relevantes en América Latina,
debido a sus efectos directos sobre la salud
animal, la productividad pecuaria y la economía
de las comunidades rurales (García-Pereyra, J.,
et at. 2025). Esta parasitosis, conocida como
Cochliomyiasis, se caracteriza por la invasión
de tejidos vivos a partir de heridas abiertas, lo
que genera infecciones severas, pérdida de peso,
disminución en la producción y, en casos extremos,
la muerte del animal. A pesar de los avances en
programas de erradicación en algunas regiones, la
persistencia de condiciones ambientales favorables
y limitaciones en los sistemas de vigilancia
continúan propiciando su reemergencia en
territorios con alta vulnerabilidad socioambiental
(Pazos, R. F. (2024).
Tradicionalmente, el abordaje del gusano
barrenador ha estado dominado por estrategias
de control biológico, campañas sanitarias y el
uso de insecticidas. Sin embargo, estos enfoques
han tendido a operar bajo una lógica reactiva, es
decir, interviniendo una vez que la infestación ya
se ha manifestado (Salas, D. R., et al. 2024).. Este
paradigma resulta insuciente frente a escenarios
contemporáneos caracterizados por el cambio
climático, la variabilidad ambiental y la creciente
complejidad de los sistemas agroecológicos. En
este contexto, emerge la necesidad de transitar
hacia enfoques preventivos basados en la
anticipación del riesgo, donde la integración de
datos climáticos, biológicos y sociales permita
identicar condiciones propicias para la aparición
del fenómeno antes de que éste se materialice
(Becerra, E. G. F., et al. 2007)..
Desde una perspectiva eco-epidemiológica,
la dinámica del gusano barrenador no puede
entenderse únicamente como un proceso biológico
aislado, sino como el resultado de la interacción
entre múltiples factores que operan en distintas
escalas (Rodríguez Diego, J. G., et al. 2016).
Entre estos destacan las condiciones climáticas
(temperatura, humedad, precipitación y viento), la
presencia de hospederos susceptibles, las prácticas
de manejo ganadero y los patrones de movilidad
del vector. Estudios previos han demostrado que
la temperatura y la humedad juegan un papel
determinante en el desarrollo y supervivencia de las
larvas, así como en la actividad de oviposición de
la mosca (Hall & Wall, 1995; Taylor et al., 2016).
No obstante, la relación entre estas variables no es
lineal, sino que responde a umbrales biológicos
especícos, lo que exige modelos más sosticados
capaces de capturar dichas complejidades.
En este sentido, la incorporación de redes
agroclimáticas y sistemas de monitoreo en tiempo
real representa una oportunidad estratégica
para fortalecer la vigilancia zoosanitaria. Las
estaciones meteorológicas distribuidas en el
territorio permiten generar series de datos con alta
resolución temporal, lo cual resulta fundamental
para identicar ventanas críticas de riesgo que
suelen ocurrir en escalas de 24 a 72 horas.
Esta aproximación contrasta con los enfoques
convencionales basados en promedios mensuales,
los cuales tienden a diluir la variabilidad climática y,
por ende, a subestimar los picos de riesgo. Tal como
se ha señalado en estudios recientes, la capacidad
de anticipar eventos epidemiológicos depende en
gran medida de la calidad y granularidad de los